Tengo un cuadro que respira por un tubo de goma, una migaja sumergida en la soberbia. Tienes la ausencia de los días que sobran en mi brazo extendido mientras te observo a través del cristal viciado. Ya no agito el agua para enmudecerme por la belleza de tus escamas. Uno a uno retiro los despojos de mis viejos peces que nadaron hacia ti, con mi brazo replegado, con el agua cambiada enalteciendo aquel cristal sin marco, como si el reflejo de los tres siempre hubiera estado ahí. 

“Porque siempre hubo clases y yo, no doy bien de marido. Otra vez, a perder un partido, sin tocar el balón” Joaquín Sabina

I

Digamos que estoy sentado frente a un cielo color naranja. El cierre de verano avizora la caída fugaz del sol más intenso que vi en abril. Démosle de comer a los perros, gritó la pequeña niña, el helado derretido sobre la toalla delata a la tierna Belén que me mira con complicidad aprovechando la ausencia momentánea de su madre. Quedo maravillado ante aquella forma inquieta de reír, me traspasa por el gabán y los poros con facilidad como sintiéndola parte de mi ser. El auto se despide con un fuerte sonido y la arena se disipa. Veo hacia las cabañas, empiezan a bajar sus ventanales de madera y procuro empezar la revisión mental de la lección de mañana.

–     ¿Desea algo más?, ya vamos a cerrar… – con voz ronca a mis espaldas               fui llamado.

–     Deme un último habano, si no es mucha molestia.

–     Ya le traigo caballero.

–     Es usted muy amable – contesté.

Pienso en algo disparatado mientras sostengo mi sombrero humedecido. Dejo que el viento refresque mi pelo que cada día se vuelve menos negro, la corriente empieza a empujar la espuma hacia mis tobillos con mayor intensidad, salpican irreverentes chorros salinos a mi Atlas sin fortuna de opacar el momento. No, no son necesarios los zapatos de suela que compré hace poco en Cuernavaca, ni las medias tampoco, me resulta imperdonable privar a mis dedos sumergirse en la arena y mover cada uno como si tuvieran vida propia.

–     Su purito caballero, no se quede hasta muy tarde que por aquí es muy oscuro – me advierte aquel nativo.

–     Es usted muy gentil.

–     Si mi señor, la gente anda ardida por lo que salió en el noticiero, dijeron que protestarían destrozando todo en el Distrito Federal si los de la vecindad no regresen al televisor.

–     Le agradezco su preocupación, pero no sé de que me habla – me hice el desentendido.

–     Bueno, yo solo digo, porque aquí se ha organizado la comuna. Nos vamos a hacer sentir con fuerza y usted es nuevo por aquí. – increpó señalándome con un palo que ejercía funciones de bastón.

–     Le agradezco – repetí alzando la voz – como le dije hace un momento, voy a estar un rato. No tengo ganas de platicar por ahora.

–     Bueno, problema suyo.

Ya era hora de que me deje tranquilo – pensé -, hoy en la tarde me reí tanto por dentro que he olvidado casi por completo la picazón que tengo arriba de mi boca,  me sorprende la destreza adquirida en años de docencia para contener las carcajadas que me causan los bribones.

Los niños estaban diferentes, vi en sus caras el paso del tiempo bajo las mismas vestiduras que nunca fueron ensanchadas. Se detuvo el tiempo junto a las risas inevitables que contagian al mundo desde un reproductor. Quisiera saber si las águilas se bautizaron por el continente o si fue al revés; pensándolo bien, no estoy seguro de eso y sé que tampoco lo está el resto. Debo apurarme y no divagar porque dos de ellos no aparecen y aunque quisimos disimular su poca importancia no se puede tapar el sol con un dedo. Son mis niños gigantes, y como buen pastor el rebaño no puede estar incompleto.

Casi no hay luz natural. Escucho sorprendido explosiones, vidrios partidos y sirenas acercándose al pacifico pueblo costero invadido fortuitamente por enormes humaredas provenientes de ciudad capital. Veo a mucha distancia un hombre parado en una tarima improvisada a la altura del aro de baloncesto; el sonido no concuerda con los movimientos de sus brazos, señala a un televisor colgado de un palo encebado con furia mientras todos lanzan piedras al aparato destrozándolo en segundos. Alcanzo a escuchar:

–     ¡No vamos a aceptar nada que salga de esta maldita caja!, el gobierno debe hacer algo. El pueblo de Camotillo es chico, ¡pero grande de corazón! – los presentes en coro similar al del Azteca, siguieron el discurso.

–     ¡Por nuestra señora de México, nuestra virgencita de Guadalupe!, sabrán lo que les espera a estos canallas – añadió exaltado – ¡nos han quitado el pan, pero jamás nos quitaran las ganas de reír!

II

La histeria colectiva se vuelve incontrolable, algunos rateros aprovechando la revuelta saquean los mercados del único sector asfaltado que rodea el monumento a Lupe de Bronco, luego se empiezan a escuchar disparos al aire en dirección al muelle. Es momento de hacerlo, pensó el caballero enternado remangando sus pantalones hasta las rodillas, dio una última fumada al cigarro deLa Casonay se zambulló bajo una ola de tres metros.

Sumergido de pies a cabeza, sintió durante unos segundos tranquilidad. Identificado con la paz que añoraban los Beatles mientras se encerraban en el baño de algún hotel evitando a cualquier zafado que intentara cortarles un mechón. La estruendosa manifestación se reproducía casi imperceptible, mientras miraba el mundo marino alumbrado por la luna. Se elevó en busca de oxígeno, giró su mirada hacia la orilla que se encontraba lejos de él y se dijo a si mismo: No hay vuelta atrás.

Chapoteando a nado mariposa y con los brazos extendidos como enormes remos, se alejaba ágilmente aquel hombre de gran estatura. Huyó del virus que se propagó por el país hasta la región costera a sus anchas y con posibles repercusiones mundiales.

Con la mirada fija hacia el Este, cruzando las temibles aguas frescas de Jamaica, planeaba buscar al marinerito sin papá y al gracioso boy scout barrigón. Estaba preocupado. La noche anterior recibió una llamada anónima que indicaba que serían secuestrados por la mañana para trabajar en un circo de Centro America. El maestro no prestó atención, pero ahora tenía sentido y aquel cambio importante en su vida que sería propuesta inevitable podía esperar.

Cuando el cansancio venció sus brazadas, observó un bote que lo esperaba con todos sus niños gigantes.

-   ¡Son ellos! – gritó exhausto, no estaba seguro porque no se acercaban a el.

Con los ojos nublados, vio tomar otra dirección el bote en el que estaban el lustrabotas, el niño de la gorra ventilador, la pecosa de anteojos, el marinerito y el boy scout gordo que llevaba pijama rosada de Chichobelo. No lo reconocieron, se había despojado del bigote que permaneció mucho tiempo bajo su nariz. Tampoco llevaba su sombrero, pensaron que se trataba de algún orate que los seguía para retenerlos o para hacerles alguna jugarreta de espíritus chocarreros y lo dejaron en medio del Atlántico.

Siguieron su rumbo sin lugar fijo hacia Sudamérica del Norte o Norteamérica del Sur, quien sabe, sin apuro alguno de cuanto tiempo tome borrarse de allí, alejados del caos en que se había convertido su apacible vecindad. Sobraban las ganas de vivir en una juguetería, en un lugar donde no falten tortas de jamón.

III

Al día siguiente, la pequeña Belén y su madre regresaron a la playa en el viejo Montero. No fueron partícipes de la camorra iniciada por la capital hace horas pero si quedaron rezagos de la destrucción y un olor desagradable que provenía del parque. La pequeña baja del auto de un salto, se sienta cautelosa entre clavos y arena negra para empezar a formar el último castillo de verano mientras su madre, quien la había llevado a dormir temprano la tarde anterior porque no había recibido llamada alguna de su amado, queda estupefacta en medio de la destrucción sin decir palabra alguna.

–     ¡Mami!, ¡mira lo que encontré!

–     ¡Belén ten cuidado!, te puedes cortar las manos, ¡ven acá!

–     ¡Mira!, esto es del señor muy alto que estaba ayer vestido como novio, solo que aquí se ve con bigote.

–     Deja eso que no es tuyo, vamos a casa, que no veo una sola persona y es peligroso – agarró su manito con fuerza.

–      ¡Solo mira mama!, es parecido a un señor que vi en una foto de tu velador.

–     ¿De qué hablas?

–     Una en la que salen tú y él con dos tacitas de café, una que estaba pegada a un ramo de flores marchitas.

La mujer abrió la billetera y cayeron dos anillos, mientras los recogía extrañada, vio pasar su vida entera con cada prenda que había sido arrastrada por el mar y se encontraba debajo de sus pies. Un sombrero, una corbata, un libro de Geografía, una vida a la espera de ser llevada al altar le golpeaba el pecho cortando su respiración hasta perder la conciencia, no hubieron motivos para suspirar frente al cielo naranja.

El trozo de cuero ahora inservible, conservaba el retrato de su amado Ruben más conocido como “El profesor jirafales”, padre desaparecido de Belén Aguirre, ahora también huérfana de madre.

En febrero de 2011 tuve el enorme placer de entrar a Preservation Hall, lugar de ambiente mágico por su historia rica en manifestaciones artísticas, lugar de nacimiento del Jazz y en el cual quedé gratamente admirado por el respeto a la música y a cada espacio detalladamente conservado.
Desde la calle es imposible observar lo que está sucediendo adentro, lo que lo hace más interesante y cautivador, únicamente un ligero zumbido sincronizado entre trombones, trompeta y percusión atrapa a cualquier extranjero que camina por la agitada Bourbon street.
La banda está por finalizar el concierto que se torna una especie de “unplugged VIP” por la cercanía y por la reducida capacidad de público que ingresa a cada recital.

Quedé con esa sensación de querer volver a escuchar aquellas improvisaciones magistrales, de no querer irme de ese lugar que seguirá atrapando y haciendo sentir especial a muchos aun cuando yo no esté para disfrutarlo día a día.

Este forúnculo humano debe morir, pensé, ¿Cuantas más habrá en esta cuadra?, en esta ciudad, en este país, ¡en el globo terráqueo por la puta!

Déjame explicarte – sollozaba Mariel despacio y con voz disminuida, queriendo compadecerme con un hilo de baba tejido desde su labio abultado hasta el filo de la camilla improvisada. Quedo en shock por el rojo intenso que dejaba sobre la sábana blanca y el exceso que chorreaba por el aluminio, sangre demasiado roja, hermosa, algo incomprensible sabiendo que provenía de aquella desalmada que ahora estaba tendida con cara de estreñimiento. Era su sangre, esa que no podía agarrarse de la estructura metálica para circular nuevamente dentro de ella como fue mandato divino hasta que lo decida una fuerza sobrenatural que seguramente no era yo, la misma sangre que se escondió en algún lugar y no subió a su cara cuando me hizo volverme el vegetal que fui.

Ignoré su petición, sin embargo fui generoso al mandarla a descansar un rato más, necesitaba una cuarto de libra con bastante queso y aún quedaba en la jeringa suficiente extracto de Lorazepan como para tumbar a dos elefantes; eso me daba tiempo para ir a pedir no solo la hamburguesa, sino también un puñado de papas fritas con el vaso más grande de Coca Cola que vendan y helado con galletas o caramelos, no sé todavía, haré pares o nones conmigo mismo para ver cual gana y pido ese, sí, eso haré. Que dulce es verla dormida, como mermelada sobre la crema. Las galletas quedarán para otro día, no quiero que me sequen la boca ni me pongan los dientes negritos y pastosos, igual no me importa dos atados, ni un día más de esta historia, ese retrato es el que quiero que permanezca grabado en la memoria, el de una niña que duerme, que descansa inconsciente de tanta maldad.

Camino por Miraflores y a una cuadra de Larcomar veo lo estúpido que soy, sigo con los guantes puestos y los guardo bajo el gabán simulando frio en plena tarde de verano. Soy afortunado en saber que el líquido delator se seca con rapidez al medio ambiente y se vuelve marrón. Me siento como Carrie caminando por Manhattan con total chulería al ver que los guantes de látex combinan con mi ropa, todo un sinvergüenza metódico, profesional, aunque acepto para mi mismo que no lo soy. Se acerca una mujer que por algún motivo desconocido le transmito confianza, quizás por mi pelo rubio que es escaso en las calles de Lima, y antes de que pregunte ¿qué hora tiene?, con suspicacia agito mis dedos y rasco un testículo excesivamente provocando repugnancia ante este vulgar albino. La vieja curuchupa se aleja a la otra acera con recelo previniendo de reojo mis pasos. Alcanzo a escuchar que dijo: loco de mierda.

En la mesa a espaldas del payaso inmóvil, un bulto con mandil se pone frente a mí obligándome a parpadear y a caer en cuenta de donde estoy, huelo ese perfume chillón que desubica el aroma de mis papas con mayonesa dejándolas al margen de la escena.

- ¿En qué te hayas mequetrefe? – me preguntó con tono burlesco Margarita, mientras me hacia bolsa el pelo con su mano.

- Tratando de comer – regañé.

- Ya mi amor, deja la agresividad y cuéntame lo de Mariel.

- ¿Qué cosa? – pregunté, y sentí un viento heladito como si me echaran Mexsana en medio de las piernas.

- Tranquilo que soy la única que te vi entrar al Santa Piedad por el anfiteatro y se de tus peleas novelescas últimamente con Mariel.

- Déjame en paz que tengo que irme – agarré la bandeja y me apresuré a botar las papas a la basura, el helado no pude dejarlo y me seguía ese perfume chillón al salir de Mc Donalds.

- ¡Espérame mierda que no vine a juzgarte!, solo quería que pienses que hagas lo que hagas con Mariel, no habrá lugar dentro o fuera de Perú en el que no esté ella contigo, mejor olvídate de lo que viniste a hacer, anda a ver a Paul en el Monumental y agarra un Ormeño hasta donde carajos te alcance a llevar.

Seguí caminando como si me hubiera zumbado una mosquilla en la oreja, agarré un taxi para perderla y llegar a donde tenía que cumplir lo que estaba planeado hace días.

- Que mierda me importa un concierto de Paul – pensé mientras terminaba mi helado.

El taxista quien escuchaba “La tetita” a volumen moderado, al ir bordeando la playa decidió mover la perilla y ahí estaba. Sonaron los arreglos orquestales de Phil Spector que Macca tanto odiaba pero que abrieron mi cuerpo como si cortara mantequilla con una navaja hirviendo, el largo y sinuoso caminodefinitivamente no fue escrita para mí, pero ese día sí que fue hecha para mí, y sin duda para la que se encontraba en esa camilla. Volvieron los recuerdos de la primera vez que vi los ojos de Mariel y la forma en que brillaban mientras me decía que era feliz por haberme conocido.

Hoy estaba a punto de despojarla de ese brillo que me arrebató en algún momento del trayecto, pero ya no veo justo apagarlo en ella, me quiero bajar de este taxi y decirle que la amo, que Paul nos espera para cantar juntos cuando se siente en el piano o coja el Hofner, los revendedores nos esperan y nada me importa más que volver a tomar su mano como alguna vez lo gritó Lennon en 1963.

Me bajo del taxi y le tiro ocho soles en el asiento al seguidor de Wendy Sulca, entro por la parte de atrás del Santa Piedad hacia el anfiteatro decidido a curar los ligeros cortes que cruelmente hice para darle ahora las dos mejores noticias de su vida: hoy veremos a Paul y nadie morirá en este lugar.

Abro la puerta y veo que la camilla está vacía, luego miro hacia las piscinas. Intento vagamente descartar que no soportó el dolor de los cortes y que decidió sumergirse por voluntad propia en formol, pero veo los mismos tres cuerpos que estaban antes de irme. Contrariado, pienso en quien pudo haberla sacado y siento una picada de avispa a un lado de mi cuello junto a hormigas que van corriendo con zapatos de clavos por mi garganta.

En esos segundos soy consciente de lo que pasa. Mientras empiezo a dormir giro mi cabeza hacia esa mano y siento aquel olor dulce por última vez, intento hablar pero no puedo mover la boca. Pienso en lo frías que estuvieron las papas hoy, en que dejé Lorazepan suficiente para más de un elefante, en que estuve a punto de ver a Paul pero sin imaginarlo ahora veré a John y George, y sobretodo aunque suene a novela, que uno no sabe lo que tiene hasta que se muere.

I

Ya casi amanece y no tengo ganas de desayunar, de hecho me acostumbré a no hacerlo mucho antes de tener auto porque soy consciente que no hay nada peor que soportar durante media hora las flatulencias del resto en un bus a las siete de la mañana. En Guayaquil es costumbre desayunar la primera porquería que se encuentra y yo era parte de aquella estadística, algo que no seré más como tampoco formaré parte de este sistema minúsculo formado por aproximadamente mil personas, en el cual se desprenden las más grandes emanaciones de egocentrismo jamás antes vistas, destilaciones de falso poder capaces de agrandar el agujero de la capa de ozono y material suficiente para dos libros más de Al Gore. Hoy al cumplir tres cientos sesenta y cinco días, seis horas y diez y siete minutos de ser partícipe de dicha organización, se hará justicia y seré el cabrón más grande del norte de la ciudad, del lugar donde le rinden culto los patos a la iguana grandota de cemento, allá mismo.

Todos tenemos una adicción en menor o mayor grado, algunas juzgadas de forma severa y otras parte del habito del hombre, reflexiono y justifico mientras guardo con cautela mis piezas en el baúl de la van que tomé prestada a la fuerza en la madrugada al pobre Paquito, chofer cascarrabias mas por anciano que por malestar al que le acorté el trayecto hacia la gloria eterna que tanto profesaba con tratados de puerta en puerta.

Me parece el día perfecto, luego de quince días de vacaciones que se convirtieron en las mejores de mi vida y sin salir de casa, a todos engañé en Facebook con fotos viejas al lado de Tribilin y Pluto, hace algún tiempo no me interesa viajar para regresar a la misma tortura china de la cual yo mismo me sometí castigando al ser humano que algún día existió en mi interior, hoy no soy eso, soy la maquina que esos dos abortos del infierno exprimieron sin dejar en mi residuo alguno de compasión humana. El primero y más peligroso es un enfermo de baja estatura, mofletudo y pretencioso que no pierde la mínima oportunidad de emborracharse y tocar de forma obscena a cualquier mujer que se siente a su lado, ascendió a la que le puso el ojo para tenerla cerca y sentirse un gargajo distinguido frente a quienes lo vieran acompañado en las reuniones, osó un día en preguntarme porque tenía el cuello de la camisa manchado a lo que quise responder:

- Porque yo si trabajo vagoneta hijo de las mil putas.

Sin embargo me callé porque tenía que pagar la Mastercard, el segundo no menos pus que el primer señor, es quizás un personaje de quien no tendría que preocuparme porque una vez desaparecido el primero, el otro es un completo tronco deforme sin brazos, piernas y sin cerebro, por lo cual no gastare luz ni palabras en describirlo, en resumen, una escoria indefinible que respira porque le dicen cómo hacerlo.

Como dije anteriormente aproveché mis vacaciones y realice algunas transformaciones en mi cuerpo para pasar inadvertido por las cámaras del Mall donde realizaré mi sueño, llamo al de mayor cargo de los dos hijos de puta en una cabina telefónica en Panamá y Roca y los cito para invitarlos a almorzar antes de iniciar el turno prometiéndoles como si hablara con dos niños estúpidos llenar sus panzotas de confites traídos de Orlando, el descarado se hace el ocupado y escucho claramente que baja la cadena del retrete, ¿Qué estará haciendo, una de sus pajas por su flamante ascendida o estará con flojera y no aceptará la invitación?, astutamente agrego dos camisas Polo a mi juego de promesas y no tiene forma de negarse.

- Está bien Ernesto, yo le digo a Manolito que lo paso viendo y nos topamos en el patio de comidas después de mi reunión gerencial– respondió Eustorgio “jefe de jefes”.

Bien, suficiente tiempo para llegar a ese inmundo centro comercial, me evitaron la fatiga de tener que recogerlos o hacerlo todo en la empresa que está infestada de cámaras para captar a distancia insecticidas como yo, pagarán por las cuatro familias a las que han hecho llorar desconsoladamente y van a recordar lo que fue en algún momento diversión para ustedes mientras firmaban liquidaciones a diestra y siniestra, el mal que causaron será regresado como un horrendo puñetazo a la nariz sin aviso.

Aburrido ya en el parqueo, veo que se acerca aquel 4×4 con el capot despintado como muestra de perruñez aguda de Eustorgio, con las luces apagadas me acerco lentamente hasta donde piensan parquearse y me coloco detrás de ellos.

- ¡Qué coincidencia! Justo se parquearon adelante mío jefecitos – los llame con exaltación hipócrita.

- ¡Ernesto que tal el viaje, ya quiero ver esos regalitos ah! – contesto el títere siempre viendo de reojo si el otro acepta cada cosa que dice.

- Por supuesto que traje regalitos, con decirles que son tantos que pedí prestado al Gerente General la Van para ser discreto y que no hayan comentarios, ustedes saben cómo es la gente.

- Si Ernestito, el chismerío es un cáncer en la empresa, ¿cuántos quieren ir por lana y salen trasquilados?, hay que seguir los procedimientos sin hablar mucho, hay que seguir los procedimientos jeje.

- ¡Pero vengan a ver que son cosas bellísimas, aparte dulces de todo tipo! – reverendo imbécil pensé, aquí te va el procedimiento que me aprendí de memoria.

Mientras se acercan me aseguro que nadie esté cerca, abro el baúl con el control remoto y recuerdo a Babe Ruth en sus mejores tiempos, giro casi totalmente y doy un solo batazo destrozando dos cabezas huecas, dos pájaros de un solo tiro empujados al interior del vehículo gerencial sin mayor esfuerzo, la mano divina de la gravedad ayudo a este Robin Hood de los desempleados, la navidad ahora si será feliz para todos ya que seguí al pie de la letra el código implícito de El oscuro pasajero creyendo fielmente en la perfección de mis actos sin enorgullecerme únicamente por ser parte de un ejercicio interpretativo de cabecera, mi libro es un dictamen de vida y hoy te cumplí.

Puedo tomarme el día libre para pasar por Hallmark y completar mi reconocimiento antes de que la denuncia por la Van extraviada surta efecto y haga mover los traseros de la eficiente Policía Nacional, compro cinco tarjetas y bandejas con tapa en el mismo Centro Comercial, ya no hay tiempo y aquí no hay Kodak para lo otro.

II

Me senté a ver las noticias luego de dos días en un motel de Portoviejo y nunca me había dado tanta risa aquel aparato.

- Flash informativo: se reportó en el hogar de los Pérez, los Lazo, Los Cevallos y los Romero, fotos de las dos cabezas con sombreros navideños de los funcionarios Eustorgio Avellan y Manolito Zanguines de la empresa asiática Termiprom bajo los cuatro árboles de navidad, informaron vía telefónica del tema a nuestro canal por temor a que se los relacione con los hechos y no quisieron mostrar sus rostros a la cámara mientras los visitamos, sin embargo, según lo indicado por nuestro corresponsal se mantuvieron en la celebración un día después de haber concluido las pascuas.

Suficiente entretenimiento por hoy, apagué el televisor y seguí desayunando jamón ahumado con mayonesa para tapar su sabor que es más intenso que la res mientras leía el segundo capítulo del libro e intentaba concentrarme en mi siguiente buena acción, después de todo ahora tengo carne para comer por trescientos sesenta y cinco días más y solo líneas a quien reportarme.

Jamón ahumado

abril 2014
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Billy Icaza

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